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jueves, 12 de julio de 2012

Capítulo 13 - Fuego en los ojos



Me desperté, agarrotada por dormir con la ropa puesta. Me dolía bastante la espalda así que me levanté y me estiré tanto como pude.

Que sueño más raro.

- Espero que no tenga nada que ver con Elaine…

Es cierto que soñé con vestiditos y plastidecores, ¿eso tenía algo que ver con la sobrina de Derek? No lo sabía y eso me asustaba. “Quizás sería la típica hijita de papá”, me decía, “no puede ser, Derek no es así, seguramente ella tampoco”.

Eran las ocho y cinco de la mañana, aunque estaba pasada la cortina, podía ver como aun no tocaba el sol en la ventana.

No sabía qué hacer, si escribirlo o no. Pero qué tontería más tonta, que sueño más tonto,… de todas formas, lo apunté en mi libreta de sueños.

Tenía una libretita de media hoja, es decir, del tamaño de la mitad de un folio normal, - nunca me supe las medidas y tamaños de los folios pero aun así la gente me entiende -. Era de tapa dura y de color naranja, con un corazón rosa en el medio. En ella, habían escritos sueños de los cuales nunca llegué a entender, alguna vez quizás los podía unir a algo, pero nunca me dio la completa confianza de que los sueños tuvieran esa relación.

Escribí de forma muy resumida y esquemática mi sueño, las palabras más mencionadas eran “plastidecores”, “vestidos”, “niñas”,… y la menos mencionada puedo decir que era “teletransportarme”. 

Lo cierto era, que dudaba de enseñárselo a Derek. Seguramente, iba a reírse en mi cara porque lo relacionaría con Elaine.

Decidí no hacerlo. No quería estropear el día y sentirme avergonzada durante un buen tiempo. Estaba segura de que Elaine no sería así, ni tampoco su madre, Carolina.

Al acabar de escribir el resumen mal hecho a causa de la situación y la hora, me fui a darme una buena ducha. Entonces, me di cuenta que aun llevaba la misma ropa del día anterior.

- Cielos… y me había sentado en el suelo entre los arbustos.

Me quité la ropa, empezando por los zapatos y lo dejé todo en el suelo. Tras prepararme la ropa para después, entré en el baño.

La verdad, de pequeña no me gustaba entrar en la bañera, siempre me escondía de mi madre, pero, una vez dentro del agua, no quería salir para nada. El agua caliente me enamoraba, por así decirlo. Tan calentita y si salías te helabas de frío.

Al acabar me envolví con una toalla y me sequé el cabello, que por cierto, era una gran molestia tenerlo largo.

Esta vez, me vestí bien, a mi gusto claro. Un vestido que me encantaba, con tonos beis y una chaquetita de color azul claro. No sé si me quedaba bien o no, aun así, al maniquí de la tienda le quedaba perfecto y a mí me encantaba. En cuanto a los zapatos… me gustaban mucho los tacones, pero raras veces los llevaba. No sabía andar con tanta altura y además, era algo torpe, pero tengo que decir que son muy bonitos. Me puse unos zapatos planos a juego con el vestido, unas ballerinas más bien.

Desayuné un vaso de leche con galletas sabor a chocolate. No me iba la idea de comer algo salado por las mañanas, para mí, el salado era más para picar, además, me encantaba el chocolate sobre todo con leche.

Acabé sobre las diez, aun quedaban dos horas y tenía que buscar algún regalo para Elaine. Quería caerle bien y más que nada quería quedar bien con Derek. Ya había hecho demasiado el ridículo: había llegado tarde, me pagó el desayuno, me recogió después de la discusión con Alan y me había invitado a su casa esa misma mañana.

Pensé en ir a mi casa, bueno, la de actualmente de mis padres y que hace unos años atrás aun residía ahí. En mi habitación, dentro del baúl, aun guardaba las muñecas que más me gustaban cuando era pequeña. Esa idea no me acababa de convencer, ir a casa de mis padres no era algo que me encantase, al contrario, intentaba evitarlo.

Fui a la tienda de juguetes más cercana con el coche, todos los establecimientos estaban abiertos porque se acercaba la navidad. Había de todo, lo que más resaltaba eran los grandes peluches de toda clase de animales cucos, entre ellos, el más vendido era el pingüino. Pero yo no quería un peluche para Elaine, quería una muñeca.

Salí de la tienda con una muñeca vestida de gala envuelta en una caja de regalo. Nada de plastidecores y material escolar.

Me dirigí al coche mientras miraba en el suelo y tras levantar la vista me encontré con alguien que no quería ver.

Compartimos las miradas, tenía una mirada triste y yo le lancé una mirada punzante para que sufriera más. Esbozó una cara de dolor, intentó aguantar y cuando no pudo más, con los ojos algo húmedos miró al suelo.

Continué mirándole hasta llegar delante de él de pie. Se me hizo un nudo en la garganta y no supe mencionar ninguna palabra, se me olvidó el abecedario, todas las palabras existentes de mi mente.

- Buenos días.

- Hola. – Mi voz sonó algo rara, pero mantuve la compostura y me hice la fuerte cuando en realidad podían herirme fácilmente. – ¿Qué haces aquí?

- Iba a buscarte, vi aquí tu coche y aquí me quedé.

Mire hacia su lado, sí es verdad que en toda la acera había coches aparcados, pero justamente a su lado estaba el mío. Él sabía que siempre usaba el coche, sabía que iría a por él y me arrepentí de tener coche.

- ¿Qué quieres?

- Hablar contigo, por favor, escúchame.

Se puso delante de la puerta, sin dejarme paso para entrar en el coche.

- No quiero hablar contigo.


Detesté su voz, la odié. Mi intensa rabia se apoderaba de mí, el amor que sentía por ese chico hace días, se había convertido en completo odio en escasos minutos.

- No aquí, no puedo ahora. Podemos ir a otro sitio si quieres pero dejemos las cosas claras.

Tuve que aceptar aunque no quisiera, sí que ya le había soltado todo lo que pensaba, o casi todo, pero él aun conservaba algunos de mis objetos.

- El sábado que viene por la tarde me pasaré por tu casa, apártate por favor, tengo prisa.

- Hola Helen, ya estoy.

Me giré hacia la voz. Ella, de nuevo. Acababa de salir de un restaurante de comida exótica que estaba a unos diez pasos de mi coche, ya que llevaba una bolsa de plástico en la mano con el logotipo que había en ese cartel. Él no me esperaba por haber visto mi coche, la esperaba a ella.

Volví a mirarle con más rabia. ¿Lo hacía adrede?, ¿La había traído para darme rabia?

- Irina se quedará unos días más por aquí.

- Que alegría. Que os divirtáis.

Le aparté del medio y puse la bolsa con la caja en el asiento de atrás, subí al coche cerrando de un portazo y me fui rápidamente, dejándolos en un silencio incómodo.

Capítulo 8 - Ella


Me paré en frente de su puerta, 2-2. Tenía una copia de las llaves en mi bolso, pero no quería usarlas así como así. Ya no era lo mismo que antes, así que me digné a llamar al timbre.

- ¿Quién es?

Se me heló la sangre. La voz de una chica resonaba en el otro lado de la puerta.

- Ss… ¿está Alan?

Creí que me había equivocado de puerta, pero al abrirse la puerta mi sangre pasó a ser sólida.

- Hola, Alan está en la cocina, pasa.

Una chica de melena larga y morena me hizo entrar en la casa de mi novio, Alan. La chica desconocida, por el momento, se puso a andar por delante de mí para guiarme hasta la cocina. Ese gesto me resultó incómodo, así que la adelante. Ya sabía el camino hacia la cocina, no era necesario que esa morena me guiara.

Quitando la vista de la chica, entré en la cocina de mala gana, con cara de querer una explicación a lo que estaba pasando.

Sé que, y lo continuo admitiéndolo, soy una celosa. Intentaba no serlo pero de todas formas no podía evitarlo, es mi forma de ser.

Alan estaba tendiendo la mesa para una sola persona, un alivio para mí. Giró su rostro y me miró.

- ¡Helen! Creía que eran mis padres. ¿Cómo estas princesa?

- ¿Quién es ella?
- ¡Eh, eh, eh…! Te conozco, relájate y déjame hablar, ¿vale?

No dije nada, no quería alterarme, podía estar equivocada. En esos momentos, no se me ocurría ninguna explicación de quién era esa chica.

Se acercó y lentamente me rodeó la cintura. Sus labios rozaron los míos por unos segundos de forma juguetona, y seguidamente, los unió con un profundo y honesto beso.

-Siéntate. – Me dio un beso en la frente. Me senté en la silla que me ofreció. – Es mi prima, estará aquí unos días, su padre se ha ido un mes de viaje por el trabajo y han aprovechado ella y su madre para venir aquí una semanita. Mis padres y su madre han ido a comprar un momento, no tardarán en volver.

- ¿No hay nada?

- Tan solo familia.

¡Mierda, mierda, mierda, mierda! Me dije para mis adentros.

No solo la cagué entrando malhumorada, si no que no vine en el momento adecuado. Con ella delante no podíamos hablar seriamente y salir de esa tormenta diaria.

Miré a mi novio con los ojos algo rojos, queriendo llorar por lo estúpida que me sentía en ese instante. Un nudo en la garganta no me dejaba formular ninguna palabra y se formó una esfera de silencio entre los dos.

-¿ Cariño?

Miré al suelo para que no viera mis ojos, que idea más tonta, él siempre intentaba mirarme a los ojos. Demasiado tarde.

- Helen…

Hizo que le mirase a la cara, forzándome a levantar la barbilla con su mano. Me eché a llorar al ver sus ojos. Para que no me contemplara llorar, me senté encima de él y le abracé. Tenía muchas ganas de abrazarle y hacerle toda clase de mimitos y dibujar en su piel y besarle por el cuello y ser cariñosa en general… pero él tenía su camino y yo el mío.

– ¡¿Irinaa?! 

Me sorprendió y enfureció que ese instante sentimental acabara con ese nombre.

- ¡¿Siii?! - Contestó desde la habitación de los invitados.

- Vamos a salir, cuando vuelva mi madre dile que me he ido con Helen. Si ocurre algo, llámame.

- ¡Vaaaalee!

Tragué saliva. Aun abrazándole conseguí hablar.

- ¿A dónde vamos? – Mi voz sonó más bajita de lo que esperaba, pero me oyó.

- Ya lo sabes.

Capítulo 7 - Hierro Oxidado


Sox, mi gatito, me esperaba acomodado en el sofá como si estuviera viendo la televisión. Dejé mis cosas en la mesa de cristal y fui a acariciarlo, era tan suave… el único problema era que soltaba demasiado pelo tanto él como yo. Se estiró lo más que pudo.

- ¿Qué vamos a comer hoy?

- Braaaawww :3

No solía contestarme mientras le hablaba, pero siempre que le acariciaba en el cuello me daba las gracias a base de miaus.

Fui a la cocina. Como de costumbre, apenas me dejaba andar por la casa restregándose por las piernas a ver si podía premiarle con comida. Le puse un poco de potito en su plato, tan mimado y gordito como siempre, le encantaba.

Después de eso no quise comer. El bichosocruasán” me había quitado las ganas.

Me quité la ropa empezando por los zapatos, entonces, me percaté de que no iba bien combinada.

- Que desastre soy… 

Recordé a mi novio en esos instantes. Solía prepararle la ropa para el día siguiente. Su gusto para vestirse no me parecía muy bueno o tan solo era yo, una maniática.

Las cosas con él iban tensas. Llevaba unos 15 días aproximadamente sin llamarle, ni aparecer por su casa, ni él en la mía. Resultaba un poco complicado llamarle en ese instante con tanto tiempo sin comunicación. Alguien tenía que reaccionar.

A cambio de esa ropa, me puse unos tejanos grises, nuevos, pero que aparentaban tener un tiempo, junto con una camisa rayada y unas converse negras un poco sucias.

Pasando de la situación, cogí el bolso cruzado negro y cerré de un portazo accidental.

Bajé las escaleras, esta vez sin tanta prisa. A paso lento y avanzando a la fuerza, me dirigí al parking. No quería llamarle por teléfono porque acabaría siendo una conversación fría y sin rumbo, tenía que hacerlo en persona y aclararlo todo de una vez.

Después de tres semáforos llegué a su edificio, había sitio en frente de la puerta así que aparque allí mismo. Su piso no era como el mío, en el edificio tan solo había seis puertas, no era un gran bloque y los pisos eran bastante grandes, aunque algo viejos. Tenía un estilo modernista, todo estaba muy bien detallado: los balcones, las ventanas, la puerta… todo decorado con formas orgánicas y vegetales.

Los nervios me aterraban de repente. ¿Qué decirle?... ¿Es un fin? ¿Se puede arreglar con el tiempo? Creía en la primera opción, el fin. En ese estado de la relación, no se podía arreglar con el tiempo, el tiempo, solo haría oxidar el hierro de forma completa.

Entré en el portal, viejo vuelvo a añadir. El edificio no contaba de timbres exteriores, sino que para llamar, debías de situarte enfrente de la puerta y dar unos golpes o pulsar el timbre que había al lado de cada una.

La puerta principal hizo un “ñac” algo grave, no tan agudo como en las películas. Me sorprendía como un bloque tan viejo estuviera tan limpio en esos instantes, solían jugar niños dentro y aun así estaba reluciente. El sol traspasaba el cristal de la puerta reflejando sus rayos en los buzones. Algunos necesitaban un buen cambio de imagen y otros, estaban nuevecitos con sus respectivas cerraduras.

Dejé de observar tanto y subí las escaleras hasta el segundo piso. Allí me detuve, el deseo de retroceder dudaba en mi cabeza.

Suspiré.